Placer y dolor

Descripción breve:

Placer y dolor

Deseas la salvación. Deseas ser feliz. Deseas la paz. No lo has logrado todavía porque tu mente no tiene ninguna disciplina, y no puedes distinguir entre la dicha y el pesar, el placer y el dolor, o el amor y el miedo. Ahora estás aprendiendo a diferenciar unos de otros. Y grande en verdad será tu recompensa cuando lo logres.”

 

Esta es una de las veces en que se menciona en Un Curso de Milagros la confusión que hay en la mente entre placer y dolor. Pero ¿cómo sucede esta confusión? En un primer momento no parece que haya confusión alguna. Se piensa que uno tiene claro lo que le hace feliz y lo que le duele. También que una persona se acercará a lo placentero y se alejará de lo doloroso. Pero siendo honestos, si esto fuese así nuestras vidas serían plenamente dichosas. Esto lleva al cuestionamiento del concepto del placer y del dolor que se tiene, de cómo se identifican ambas ideas y con qué.

 

Esta confusión está claramente ligada a la identificación con el cuerpo. Se piensa que lo placentero son los disfrutes sensoriales que se obtienen a través de él. Un sabor, una sensación, un orgasmo, contemplar una imagen hermosa. Del mismo modo, desde esta perspectiva se piensa que lo doloroso es aquello que genera ciertas sensaciones o estados corporales. Así, placer o dolor vienen determinados por lo que le ocurra al cuerpo, ese protagonista de la historia, con unas preferencias concretas condicionadas por un pasado y un aprendizaje, por unos circuitos neuronales construidos a base de experiencias de premio o castigo.

 

¿Se puede plantear uno una mirada más amplia de lo que significa creer que se puede obtener placer a través del cuerpo? Observemos un suceso en el que se considera haber sentido placer. Ahora vayamos a unos momentos antes y después de ese acontecimiento. Como si se tratase de una tira de celuloide y se pudiese abarcar un fragmento más largo de la película. Nótese la ansiedad o compulsión previas, la expectativa, lo que se esperaba encontrar. Esa sensación de premura que en sí no es placentera sino ansiosa y que si no se satisface lleva a la frustración. Y contémplese también posteriormente a dicho suceso la sensación de futilidad, de brevedad, de que se acabó, la vuelta a un estado de carencia de dicho placer tras unos instantes y ese querer más, ese vacío y la carencia de lo que ya no se siente.

 

Un instante de placer a través del cuerpo implica la creencia de que el cuerpo puede proporcionarlo, y que eso es lo que se es, un cuerpo. Ahora recórrase la película hacia delante, unos 100 años, y véase la totalidad de lo que implica esa creencia. ¿Dónde está ese cuerpo, eso que se creía ser y que tanto se valoraba? El ego es un experto en fragmentar y analizar cada sección por separado, con lo cual se pierde la visión global, y así genera la confusión necesaria para que uno no se dé cuenta del dolor que implica una creencia concreta. Los cuerpos desaparecen y son algo temporal. Son frágiles y vulnerables. Pueden ser heridos, pasar hambre, frío y todo tipo de penurias que se puedan imaginar. Y lo que no se observa es que si se alberga la creencia de que se puede obtener placer a través de él, también se puede obtener dolor y sufrimiento. No es posible renunciar a las dolencias corporales si aún se valoran los pequeños “placeres” que el cuerpo conlleva por encima de otra identidad permanente, invulnerable e inalterable.

 

Ahora  bien, ¿cómo tomar conciencia de esa otra identidad? Porque pareciera que se está pidiendo renunciar al poco placer que se es capaz de experimentar a cambio de algo totalmente desconocido y que pareciera ser ajeno a uno mismo. También pareciera que se está planteando vivir una vida austera y sin satisfacción, carente de disfrute o infeliz.

 

 “El Espíritu Santo no te exige que sacrifiques la esperanza de obtener placer a través del cuerpo, pues no hay esperanza alguna de que el cuerpo te pueda proporcionar placer. Pero tampoco puede hacer que tengas miedo del dolor. El dolor es el único “sacrificio” que el Espíritu Santo te pide y lo que quiere eliminar”.

 

No se te pide que renuncies a nada. Mas es necesario que amplíes tu visión y que tomes conciencia de lo que ahora valoras. Es como mirar una pequeña sección de un cuadro en el que hay una pareja feliz y querer colgarlo en tu salón. Pero si amplias la mirada y ves el resto de la imagen, hay peligros acechando a la vuelta de la esquina, una tormenta que se acerca, y caminan hacia un precipicio. Una vez vista la imagen completa, igual el cuadro no parece tan bucólico y tomas otra decisión. Tal vez, para elegir un cuadro la próxima vez, prefieras verlo entero y no sólo una parte.

 

Con el ego y sus placeres ocurre lo mismo. Este dice “cómete ese postre y verás qué satisfacción tan estupenda”. Sin embargo no muestra que ese azúcar que se está comiendo desestabilizará a la persona emocionalmente dejándole deprimido a la larga y dependiente de más azúcar para mantener cierta euforia o atravesando el mono de la dependencia. Tampoco muestra que ese bocado se convertirá en una capa de grasa que recubrirá el cuerpo, aumentando la sensación de baja autoestima. Tal vez se piense que la obesidad está bien porque le mantiene a uno a salvo de agresiones por parte del sexo opuesto, y que así no es necesario enfrentarse a aprender a relacionarse, pero también es una cárcel que sí, mantiene al enemigo fuera del alcance, pero a costa de dejar al propio preso dentro de la prisión y no vivir relaciones plenas o satisfactorias. Tampoco muestra que ese dulce dará una sensación de sabor estupenda, pero tan breve que para mantenerla se habrá de consumir más y más o enfrentarse al vacío que esa sensación encubre. Un vacío que viene de pensar que sólo hay eso, un cuerpo y sus sentidos, para encontrar satisfacción, y cualquier intento es breve y, a la larga, frustrante. Pues el vacío viene de que se ha perdido de vista lo que realmente lo llenaría: la realidad.

 

Esto es lo que el placer encubre cuando está asociado a una identificación con el cuerpo y cuando es el ego quien lo brinda. Es algo breve, fútil, doloroso porque se sabe que es temporal, porque se perderá tarde o temprano, porque tiene efectos secundarios para la mente, la salud o la estima, para la identidad. Es algo compulsivo, que viene del ansia de tapar una carencia. Es impaciente, agresivo, excluyente y exclusivo, selectivo, a veces funciona y a veces no, por lo que no es nada fiable, y promueve la separación de algún aspecto de la realidad que mantiene fuera de la conciencia, porque si esto se vieras no se pagaría el precio que ese ataque implica: el miedo con el que se vive constantemente, de música de fondo. Tenue a veces, otras bravo y atronador.

 

Pero hay otra alternativa. Una que se experimenta de vez en cuando, que todos hemos vivido alguna vez pero que no se suele recordar porque la comparación haría que nos diésemos cuenta de que nos conformamos con migajas, que vivimos insatisfechos. Que habiendo probado la paz que viene de un placer total en el que todo está bien, vivimos en un perpetuo estado de miedo e intranquilidad. En una búsqueda permanente. “Busca pero no halles”. Esta es la premisa del ego que nunca te cuenta. Intenta ser feliz con el placer corporal, que estarás condenado a una búsqueda eterna, porque nunca colmará tu ansia de algo más permanente y estable, confiable, real, plenamente satisfactorio y dichoso.

 

Esta otra alternativa tiene que ver con la paz. Esa palabra que suena tan aburrida y ajena, tan manida. Planteemos lo mismo de otra forma. Es una sensación de que todo está en su sitio, de que no hay nada que cambiar ni ninguna preocupación, de que todo ocurre siempre a la perfección y que no hay posibilidad de error, de que se puede confiar y estar tranquilo. Esa sensación de que, desde ese estado, todo es maravilloso y sorprendente. Ya no hay zozobras y todo puede mirarse con curiosidad, con ojos nuevos. Es como estar enamorado pero sin ansiedad ni compulsión, sino sabiendo que es un amor confiable, eterno, y que sientes en todo momento. Es felicidad, sin ningún pero. El Curso lo denomina “instante santo”. Es un momento en el que esa voz insidiosa que sospecha y teme se acalla, la mente deja de fabricar imágenes de terror y simplemente puedes estar en calma. Esa es la paz que realmente satisface. Y todo lo demás te dejará por siempre insatisfecho porque ese es tu estado natural, que se ve alterado por una mente perturbada, sin ninguna disciplina en cuanto a su contenido y que acepta cualquier pensamiento o imagen de terror como propia.

 

A los mensajeros del Espíritu Santo se les envía mucho más allá del cuerpo, para que exhorten a la mente a unirse en santa comunión y a estar en paz. Tal es el mensaje que yo les di para ti. Sólo los mensajeros del miedo ven el cuerpo, pues van en busca de lo que puede sufrir”.

 

Este contraste nos lleva a replantearnos la idea de placer y a darnos cuenta de que no buscamos lo realmente placentero, esa paz, sino que estamos recreando continuamente el dolor en nuestras vidas, la ansiedad, la compulsión, la búsqueda que implica carencia. Tal vez porque se piensa que no existe o que no puede ser duradero. Tal vez por creer que uno no lo merece, o por valorar todavía los vaivenes emocionales como si ellos fuesen señal de una vida intensa, en lugar de verlos como lo que son, inestabilidad y confusión. La verdadera intensidad es profunda, constante y plenamente satisfactoria para siempre. Y creemos no conocerla, así que mejor quedarse con algo conocido. También la tememos, por lo que juzgamos que nos arrebataría.

 

No nos hacemos conscientes de esto porque, de hacerlo, nos veríamos confrontados con la vida que hemos construido, la cual sería cuestionada desde las bases. Lo que hacemos, con quién nos relacionamos y cómo, a qué dedicamos nuestros esfuerzos y tiempo. Nos llevaría a pensar acerca de la idea que tenemos sobre nosotros mismos. El concepto del yo. El cambio que supondría para nuestras vidas vivir en base a esa sensación de paz nos confronta hasta tal punto que preferimos no mirar ahí y seguir contándonos que somos felices y que sentimos placer con pequeñas cosas y breves momentos. Preferimos seguir fragmentando y compartimentando nuestra percepción para poder cortar las cosas en trocitos y seleccionar sólo aquellos que se adecúan a la idea que tenemos de lo que queremos ver. Y ocultamos todo lo demás, dividiendo nuestra mente y haciéndonos vulnerables al engaño, la decepción y la frustración. Nunca encontraremos de esta manera la verdadera satisfacción ni la verdadera felicidad. Precisamente porque ese es el objetivo. No ver nada plenamente, no aceptar nada completo, sino dividirlo siempre en partes. Porque tememos en lo más profundo que cualquier cosa completa vaya a implicar sufrimiento, porque todo aquello que hemos fabricado oculta en alguna parte ese mismo dolor. Sin embargo, lo que realmente existe no tiene ningún dolor oculto. Es plenamente satisfactorio y feliz, sin ninguna sombra, sin ningún resquicio. Eso sí, has de cuestionarte todo lo que hasta ahora has aprendido, sobre el mundo y sobre ti mismo.

 

Evalúa honestamente lo que te has enseñado a ti mismo. Si te ha llevado hasta donde estás, valóralo en base a su resultado. Honestamente, ¿eres feliz? ¿O vives con ansiedad, miedo, ira, depresión, insatisfacción o en permanente búsqueda de algo más? El programa que el curso plantea está desprovisto de toda ambigüedad. No hay fragmentos de dolor en la paz. Ni resquicios de miedo en la confianza. No hay partes que sean distintas del todo al que pertenecen. Y por eso sólo la paz puede ser real. Lo único que necesitas hacer es ofrecerle tu atención indivisa a aquel que puede enseñarte a discernir lo que es lo mismo de lo que no lo es. Mantenerte alerta frente a lo que aceptas en tu mente. Observar las creencias que sostienes en su totalidad, cuestionándolas y viéndolas al completo, sin querer ocultar una parte para mantenerla a salvo, pues eso haría que no pudieras ver la verdad y que la confusión se mantuviese para ti, alejando la paz de tu conciencia por valorar más la dicha confusión que la claridad.

 

“Tu pequeño papel consiste únicamente en entregarle al Espíritu Santo la idea del sacrificio en su totalidad y aceptar la paz que Él te ofrece a cambio sin imponer ningún límite que impida su extensión, lo cual limitaría tu conciencia de ella”.

 

La atención dedicada irá incrementándose en la medida que se vaya aprendiendo. Por ello no hay que castigarse por percibir aun en compartimentos. Es cuestión de aprender de cada desvío, de cada fragmento que aun valoras, e ir integrando tu percepción y tu mente poco a poco. Ir aprendiendo a no hacer excepciones a tu felicidad situación a situación. A no hacer concesiones con las ideas que albergamos acerca del mundo y de nosotros mismos que encubren sufrimiento en algún nivel. Hay que identificar la ilusión tal como es, y castigarte o juzgarte impide que identifiques claramente tus creencias y no soluciona nada. Es otro obstáculo a deshacer en el aprendizaje. Perdónate por haberte equivocado y vuelve lo antes posible a tu centro, a tu paz. Eres digno de una atención y de un esfuerzo constante y tu felicidad lo merece. Mereces ser feliz y los medios para ello están en ti, a tu alcance. Tienes derecho a tener el amor por objetivo, sean cuales sean tus fantasías. A aprender a distinguir entre dicha y dolor para abandonar este último. A ser íntegro, completamente honesto y completamente satisfecho.

 

Esto se logra en el instante en que uno deja de atribuirle valor al dolor. Cuando comprendes lo que el dolor es en realidad y, por contraste con la felicidad, decides dejarlo de lado. Es imposible ver que algo es mentira y seguir creyendo que es verdad. Es imposible ver que algo duele realmente, con todo lo que implica, y seguir valorándolo sin buscar otra manera de ver las cosas, una alternativa. Y esta se da en el mismo instante en que se pide de verdad. Y si no llega, no dudes de que está ahí disponible. Duda más bien de tu disposición a soltar aquello conocido y a recibir una respuesta.

 

 “Te entrego este instante santo. Sé Tú Quien dirige, pues quiero simplemente seguirte, seguro de que Tu dirección me brindará paz”.