Las voces internas

Descripción breve:
Las ventajas de fijar un propósito.

Las voces internas. Octubre de 2013.


Empezaremos hablando de emociones. Todas las que sentimos las podemos englobar en dos categorías: las que proceden del miedo, como angustia, tristeza o dolor, y las que proceden del amor, como confianza, alegría o aprecio. Son consecuencia directa de nuestros pensamientos. Cuando nos sentimos bien estamos teniendo pensamientos afines a nuestra realidad interna. Cuando nos sentimos mal, estamos pensando algo que está en contradicción con esa realidad porque la rechazamos, juzgamos o tememos.

Dicha realidad interna no es una idea acerca de lo que somos sino nuestra identidad. Algo que está más allá de toda definición. Y en esa identidad se basa una sensación de cómo soy yo, de cómo es el mundo, y de cómo es la relación entre ambos. Como contraposición, al alejarnos de dicha identidad surge una idea sustituta, un concepto limitado del yo y del mundo, que viene de la idea de escasez o de limitación.

Así pues, nuestras emociones son una brújula inequívoca de si nuestros pensamientos están en sintonía con lo que somos o de si están en contradicción y estamos yendo en la dirección equivocada. Cuando esto pasa y no sentimos mal, podemos negarlo durante mucho tiempo, lo que hace que el malestar vaya en aumento para hacerse consciente. Siempre llega un punto donde nos decimos que tiene que haber otra manera, donde la situación se hace insostenible. Entonces cambiamos debido a una toma de conciencia y un atreverse, o por una crisis en la que la obligación de moverse parece venirnos impuesta desde fuera y ya no nos queda otra alternativa.

Podemos decir que esos dos tipos de emociones son la consecuencia de escuchar dos voces dentro de nosotros. Nos marcan en qué dirección estamos yendo, si hacia nuestra felicidad o mayor bienestar, o alejándonos de ellos. Dichas voces son los pensamientos que escuchamos y aceptamos en nuestra mente. Vamos a proceder a describirlas por sus características y por sus efectos, de manera que nos sea más fácil distinguir cuándo estamos haciendo caso a una u otra.

Empezaremos con la que nos lleva a alejarnos de nuestra realidad interna, la que llamaremos “la voz del ego”. Es la que la mayoría estamos acostumbrados a escuchar. Está hecha de “deberías”, “no deberías” y “no puedes”. Trata de que hagamos “lo correcto”, pero no se para a cuestionarse lo correcto para qué, para quién o en base a qué, ni se pregunta si eso nos hace felices o no. Es la que habla primero y más fuerte, la más ruidosa y rápida. Está cargada de miedos, exigencias y normas. Es conservadora, en el sentido de que intenta que nada cambie a pesar de los hechos y de las verdaderas motivaciones y emociones. Quiere definirse y perpetuarse. Cataloga, compara y clasifica información acerca del mundo y de uno mismo para tener unos parámetros fijos por los que moverse. Esto conlleva los conocidos juicios. Para ello recurre al pasado y se justifica por el dolor vivido y por el miedo al futuro. Sin embargo, se contradice en muchos momentos. Funciona en “modo supervivencia”, y quiere mantenerse incluso más allá de la supervivencia física del cuerpo, como en los soldados o en los que se inmolan por unas creencias. Es una idea que quiere sobrevivir y busca hacerlo a través de rechazar y negar todo lo que la contradice.

Es una estructura mental cuya función es mantenerse estática y cerrada al cambio. Su propósito es negar la realidad interna que percibe como una amenaza, como algo que supondría un castigo, porque la ha juzgado en esencia como algo malo y rechazable. Y para ello nos guía en dirección contraria, evitando toda muestra de esencia y naturalidad que pueda suponer un movimiento o un cambio en la estructura postiza que sostiene.

Es una voz útil para cuestiones prácticas de manejo en la vida cotidiana, como puede ser el no quemarse al cocinar, el aprendizaje interiorizado y automatizado que utilizamos para conducir, contar, etc. Sin embargo, este dispositivo de control y supervivencia se ha apropiado de funciones que no le corresponden y ha pasado de ser algo que regula lo físico (el cuerpo, sus funciones automáticas y su manejo práctico) a regular también la identidad, controlando los pensamientos y, por tanto, las emociones. Ha llegado al punto de automatizar una definición de quienes somos y de querer mantener esa definición a costa de cualquier cosa para obtener una falsa seguridad. Esto nos lleva a la insatisfacción, a la negación de las verdaderas motivaciones, a manejarnos en ámbitos limitados de experiencia y, por lo tanto, al sufrimiento.

La otra voz, que denominaremos “la voz del espíritu”, habla más bajo pero es constante, latiendo siempre por debajo del ruido. No se intenta imponer sino que está ahí para cuando uno decide escuchar. Es paciente. Cuando la seguimos, obtenemos siempre paz, emoción que el ego no es capaz de imitar. No atiende a limitaciones o a rigideces. Ve el cambio como una oportunidad para aprender, para mostrarnos una alternativa cuando una cierta idea llegó a un punto muerto del que no hay salida. Cuando pensamos que “tiene que haber otra manera”, esta voz nos muestra la alternativa. Se reconoce como una motivación interna, a veces como una sensación corporal en el estómago que nos dice que es por ahí, un sentir, algo incuestionable. De pronto “sabemos”, tenemos la certeza de que hay otra forma.

Nos muestra una visión en la que el dolor ha desaparecido. Viene acompañada de una compresión, de un “¡Ahá!” interno, de un “darse cuenta”. Tiene efectos inmediatos en nuestra manera de entendernos, y eso puede mostrarse o no al exterior con cambios en nuestras acciones. Lo que verdaderamente cambia es nuestra actitud y nuestra sensación interna de conflicto, que ha desaparecido.

Esa voz, que es el puente entre nuestra conciencia y lo que realmente somos, es la que nos habla de la vocación, del júbilo, de la paz, de la invulnerabilidad, de lo seguro y lo eterno, de lo bello y lo bueno en nosotros y en lo que nos rodea, porque no ve diferencias.

Sus características básicas, para poder reconocerla, es que induce una percepción que tiene las siguientes cualidades:

1. Lo que vemos puede aplicarse a todo y a todos sin excepción. Es una visión universal y compartirla sólo puede traer ganancias. Es una comprensión amplia, global y liberadora para todos.

2. Lo que vemos es incapaz de atacar, así que nos permite estar receptivos, porque nos damos cuenta de que no hay de qué protegerse.

3. Nos lleva a conectar con algo que todos somos y nos sentimos unidos a lo que vemos. Eso produce cambios tanto en nosotros como en lo que nos rodea. Realmente es sanador.

No establece normas de comportamiento porque se aplica a las causas de lo que vivimos, es decir, a lo que pensamos y creemos, no a los efectos, que son nuestras acciones y experiencias.

Para poder distinguir ambas voces, es fundamental ser honestos y responsabilizarnos de lo que nos sucede, ya que es sólo un efecto de nuestros propios pensamientos. Como hemos dicho anteriormente, el reconocimiento es inevitable ya que no podemos evitar sentir. Eso sí, podemos evitar darnos cuenta. Este reconocimiento es muy liberador porque al depender de nosotros mismos, el cambio está a nuestra disposición.

Se te invita a que te preguntes cómo te estás sintiendo. ¿Prefieres ser feliz o tener razón? Si no te estás sintiendo bien, puedes esperar estar equivocado y que haya otra manera de ver las cosas y a ti mismo que te lleve hacia la felicidad en este mismo instante. La salvación no está en un futuro sino en un presente cambio de actitud. Si hay otra manera de ver las cosas y no te opones a escuchar la otra voz interna que te da una nueva versión de lo que percibes, la paz está a sólo un pensamiento de distancia.

Así pues, se te invita a que mires al conflicto a la cara, para tomar conciencia de cuales son los pensamientos erróneos que pueden ser reinterpretados. “Si se quiere escapar de él, no debe evadirse, ignorarse, negarse, encubrirse, verse en otra parte, llamarse por otro nombre u ocultarse mediante cualquier clase de engaños. Tiene que verse realmente como es, allí donde se cree que está, y tiene que verse también la realidad que se le ha otorgado y el propósito que le ha asignado la mente. Pues sólo entonces se desmantelan sus defensas y la verdad puede arrojar su luz sobre él según desaparece” (Un Curso de Milagros. Ejercicio 333, pág. 502 del libro de ejercicios).

Una vez visto el conflicto en su total dimensión, y reconocida la falta de valor de los pensamientos que lo generan, la solución aparece en nuestra mente como el sol tras despejarse las nubes. Siempre estuvo ahí, y esto nos hace desarrollar la confianza en que la voz del espíritu siempre responde. Ahora cada vez estamos más dispuestos a ver nuestras sombras, ya que vamos descubriendo la luz que intentan ocultar.


María Vázquez Herranz.
Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.
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