La disociación y el trauma

Descripción breve:
Mayo de 2015

La disociación y el trauma

Todos hemos vivido episodios de disociación, momentos en los que no hemos querido asumir la realidad de lo que estaba sucediendo, lo hemos negado y hemos preferido vivir sin ver o sin saber. Es muy frecuente que, en una experiencia traumática, la persona se disocie y “borre” ese episodio de su mente, de sus recuerdos, y haga como si no hubiese sucedido.
 
Hasta aquí esto podría parecer deseable, porque ¿quién querría revivir algo doloroso? Experiencias de abandono, de abusos, de humillación, de agresión, situaciones que sobrepasaban los límites asumibles para la persona, para su comprensión, su adaptabilidad, en resumen, su identidad. Cuando ese límite se sobrepasa, se rompe algo en la idea del “yo” y aparece la disyuntiva: o uno sigue siendo como hasta ahora y eso no ha podido suceder o, si es cierto que ha sucedido, la idea acerca uno mismo ha de cambiar. En este caso, la disociación es un mecanismo de defensa del aparato psíquico de la persona que trabaja para evitar un mal mayor, la desestructuración mental.

Cuando el “yo” se ve puesto en entredicho de una forma tan radical como ante una situación traumática (que mi papá no me quiera, me rechace y me abandone, que mi mamá me agreda, que una explosión trastoque mi mundo, que el cuerpo se vea invadido, violado o mutilado, etc.), nos contamos que eso no ha pasado para poder seguir siendo tal como antes, para poder seguir funcionando con nuestra estructura mental en la vida cotidiana, más allá del trauma experimentado.

 

“A menos que primero conozcas algo no puedes disociarte de ello. El conocimiento, entonces, debe preceder a la disociación, de modo que ésta no es otra cosa que la decisión de olvidar”.

 

Sin embargo, cualquier situación cotidiana que esté asociada al trauma, conocida como detonante, abre la caja de Pandora y nos lleva a experimentar las sensaciones y emociones vividas en el trauma. Eso sí, normalmente son reacciones desproporcionadas al hecho actual y la asociación con lo que pasó allá y entonces es inconsciente, con lo que genera mucha confusión y angustia porque la persona lo vive sin un aparente venir a cuento. Aquí empieza a aparecer el aspecto “negativo” de este mecanismo mental: el precio que se paga por negar algo que se ha experimentado.

 

Un ejemplo es una persona que vivió un abandono terrible de su padre en la infancia y no lo ha podido superar, pero lo ha negado de su conciencia. Al pasar los años vive una crisis de angustia cada vez que su pareja sale de casa sin ella, y no sabe a qué es debido, con los problemas de relación que eso conlleva. Otro caso es el de una persona que vivió un abuso infantil y se ha disociado de esa experiencia. Cada vez que esa persona está en la intimidad con su pareja, a quien ama y con quien tiene una relación feliz, experimenta una sensación de bloqueo sexual, rechazo, frigidez o dolor, algo no coherente con su experiencia actual y que la descoloca, por no recordar aquel episodio de su vida y mucho menos relacionarlo con la situación actual.

Este mecanismo es algo muy frecuente y relacionado con traumas mucho menos llamativos que estos ejemplos, no por ello vividos con menor intensidad por la persona.

Una vez producida la disociación de aquel suceso traumático y del correspondiente conflicto de identidad, en la mente pasan dos cosas. La primera es que esa idea acerca de uno mismo se ha visto negada y se sabe que es vulnerable y que, por lo tanto, puede ser amenazada de nuevo. Esto implica vivir con miedo a que la identidad vuelva a romperse, lo que genera ansiedad y un estado de alerta inconsciente. Esto se manifiesta con actitudes como la hipervigilancia, hipersensibilidad, tensiones corporales y otras somatizaciones, ansiedad en forma de crisis crónicas o trastornos de personalidad u otros. La vida se convierte en una evitación de un nuevo ataque. Desde ese momento estamos en el campo de batalla.

“Lo que se ha olvidado parece entonces temible, pero únicamente porque la disociación es un ataque contra la verdad. Sientes miedo porque la has olvidado”.

 

La otra cosa que sucede es que eso que hemos negado no desaparece. Lo hemos guardado dentro de nosotros, en el famoso inconsciente, junto a todas esas cosas que hemos juzgado como feas, desagradables, rechazables, negativas o amenazantes, cosas nuestras, lo que conocemos como la sombra, ese espacio que parece temible porque en realidad sabemos que está hecho de todo aquello que contradice la idea de quién soy, lo que me hace verme débil, humillado, ridículo, abandonable, cuestionable, rechazable y todos esos aspectos que no me gustan de mí y que ni siquiera reconozco que soy.

 

“Recordar es simplemente restituir en tu mente lo que ya se encuentra allí”.

“Tú no eres el autor de aquello que recuerdas, sino que sencillamente vuelves a aceptar lo que ya se encuentra allí, pero había sido rechazado”.

 

Y ¿qué pasa entonces con todo eso que está en mí y no me gusta? Intento alejarlo de mi conciencia lo más posible, ponerlo lejos, fuera de mi espacio, de mi identidad. Necesito volcarlo en alguna parte. Y ahí aparece el mundo como pantalla perfecta. Lo pongo en otros y así puedo aparentemente “alejarme” de ello. Ahora es el otro quien es así o quien es culpable de todo eso, e intento responsabilizar al mundo de esas partes mías. A esto lo llamamos proyectar, y funciona del mismo modo que el aparato que lleva su nombre. Hay una imagen o un archivo en un ordenador y a través de un proyector podemos verlo en una pared sobre la que aparece esa imagen y nos hace pensar que la información está en la pared, donde se visualiza. Sin embargo, un poco de conciencia y de conocimiento nos hace darnos cuenta de que la información está realmente en el ordenador y que la pared es simplemente una superficie que recibe la imagen para poder ser vista.

 

Un ejemplo de esto es el de alguien que se mira al espejo para peinarse. Uno no peina la imagen en el espejo sino que esta le sirve para ver cómo está el pelo y qué desea peinar, pero sabe que el pelo está en su cabeza.

 

La sombra no puede ser deshecha o destruida. ¿Cómo ibas a destruir una parte de ti mismo? Su función es mostrarte lo que debes integrar en ti para estar en paz, una nueva manera de ver el trauma y a uno mismo en ese contexto y aprender haciendo crecer nuestro aparato psíquico, ampliando nuestra identidad para ver que no nos supera. La cuestión es que para ello hay que ir más allá de todos los juicios que has emitido en su contra, y eso no es tarea agradable para el ego, pues dejaría de ser quien es y de negar en sí aquello que ha rechazado.

 

“Cuando aceptas aquello de lo que te disociaste, deja de ser temible”.

“Renunciar a tu disociación de la realidad trae consigo más que una mera ausencia de miedo. En esa decisión radica la dicha, la paz y la gloria de la creación.”

 

La disociación no es un mecanismo que niegue sólo traumas. También lo utiliza la mente para negar todo aquello que contradice la idea que tiene sobre sí misma, incluyendo la realidad del ser que somos, la identidad no neurótica y basada en el amor en lugar de en el miedo, esa realidad interna que abarca aquello que sucede y que sabe fluir con el mundo porque no se separa de él. Esa negación interna de lo que en realidad somos conlleva mucho miedo.

 “Cuando atacas te estás negando a ti mismo. Te estás enseñando específicamente que no eres lo que eres”.

“Al proceder de tu propia decisión de no ser quien eres, es un ataque contra tu identidad. Atacar es, por lo tanto, la manera en que pierdes conciencia de tu identidad, pues cuando atacas es señal inequívoca de que has olvidado quién eres”.

 

Un ejemplo de esto es alguien que tiene una capacidad que no ha desarrollado porque siempre ha pensado de sí mismo que no era capaz. Y en realidad eso que podría hacer es su don, lo que le haría feliz y con lo que podría aprender más sobre sí mismo y sentir satisfacción y felicidad. Se ha disociado de su capacidad por programación (“no eres capaz”, “eso no se hace, es malo”, etc.) y eso le impide reconocerla en sí mismo como algo propio. Lo ha guardado en su sombra. Al rechazar esa parte de sí mismo que le haría feliz, se ha atacado a sí mismo, siendo esto reforzado normalmente por el ambiente y grabando así la programación en un círculo vicioso: creo que no puedo y por eso no lo hago, lo que refuerza que no puedo.

En cualquier caso, recordar es la única manera de dejar el miedo atrás. El miedo de haber sido atacado, de ser vulnerable y con una identidad frágil. La voluntad de recordar el trauma es lo que nos hace aprender que podemos afrontar la situación de otra manera y crecer, responder de otra forma ante lo que sucede de una manera más satisfactoria y responsable que en el momento del impacto. Nos permite reconocer la parte de nosotros que es capaz y que nos puede llevar más allá del miedo.

 “Ofrécele al Espí­ritu Santo únicamente tu voluntad de estar dispuesto a recordar, pues Él ha conservado para ti el conocimiento de Dios y de ti mismo, y sólo espera a que lo aceptes”. En ese recordar radica el conocimiento de ti mismo”.

 

María Vázquez Herranz.

Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.

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