La culpa inconsciente en las relaciones

Descripción breve:
ABRIL 2014

La culpa inconsciente en las relaciones

Si alguien le pregunta a otra persona “¿te sientes culpable?” la mayoría contestará que no. Sin embargo, cuando se profundiza en las relaciones, la culpa es algo que subyace, que está moviendo los hilos inconscientes de la evitación, la ocultación, la mentira, la compensación, la dependencia y un amplio y diverso catálogo de posibilidades de vínculo.

Se le suele dar más importancia a la forma que al fondo. Por ejemplo, se le da más importancia al hecho de que un cuerpo esté junto a otro físicamente que a que haya comunicación entre ambas mentes. Unas bonitas palabras o una actitud diplomática suelen ser más valoradas que el contenido que se esconde en dichas palabras o actitudes. Un “te quiero” acompañado de un acto de sacrificio o un “lo haré” acompañado de culpa son tan sólo un par de ejemplos de esto.

Por lo tanto, y uniendo ambos planteamientos, muchas de las relaciones o de los actos que se realizan cotidianamente se mantienen con una apariencia de bondad y ocultan bajo ese manto pensamientos de culpa o de miedo.

Por ejemplo, mantener una relación a pesar de que ya no se siente como algo sincero puede ser visto como algo válido porque sea más diplomático o porque uno se auto-engañe pensando que así hace menos daño a otros. También que alguien oculte información acerca de cómo se siente o sobre sí mismo por miedo, culpa o vergüenza, emociones todas provenientes de un sentido de que hay algo malo en lo que uno es que es mejor ocultar porque tenerlo le hace culpable y merecedor de castigo.

Esta idea de la culpa llega a la mente porque esta se ha vuelto hacia fuera en busca de referencias, negando el sentido original de ser y la bondad y valor del mismo. Estas referencias externas se basan en conceptos o ideas acerca de quienes somos y de cómo es el mundo, ideas que se han introyectado o aprendido del entorno del tipo “ser de esta manera es bueno”, “ser de esta otra es malo”, “esto no se hace”, “esto te hace merecedor de cariño”, “esto te hace mecedor de castigo”, etc. Respondiendo a esas ideas y al pasado uno ordena a su manera el mundo y a sí mismo, lo cual en la más tierna infancia equivale a la supervivencia. Así aprende a comportarse según unos cánones para ser querido por los demás.

Muchas veces ese sistema de referencia no se cuestiona. Se cuestiona preferentemente lo que uno es. Esto da una aparente sensación de seguridad porque las variables en las que uno se mueve son controlables, catalogables y acotadas. Sin embargo lo que somos en realidad es algo inabarcable, una sensación de existencia que se manifiesta en forma de emociones, impulsos y pensamientos que varían muchas veces sin que seamos conscientes de por qué o para qué. Esto hace que ese sistema de control ideal que tenemos en mente normalmente no responda de manera hábil a las situaciones que aparecen, ya que utiliza el pasado para construirse. Esto en psicología se llama neurosis. La repetición de respuestas que sirvieron en su día pero que están ahora obsoletas y no funcionan para experimentar felicidad en el presente.

Cuando uno funciona en base a ese sistema de referencia las emociones y verdaderas motivaciones quedan a un lado y uno se amolda a lo externo y no a su verdadera naturaleza que pulsa por dar una respuesta nueva y creativa, orgánica y original, holística en el sentido que abarca pensamiento, sentimiento y acto. Y se entra en conflicto.

En las relaciones esto se manifiesta ya que toda esa culpa inconsciente no vista y perdonada se proyecta sobre el otro. Una situación genera culpa y se intenta solucionar ahí fuera, actuando para compensarla, queriendo que el otro cambie pero sin cambiar uno mismo y sin darse cuenta de que la culpa es del que percibe. Primero debió estar en su mente para poder haberla visto en alguna parte. Y esta es una parte clave. Asumir esa responsabilidad sobre lo percibido es lo que libera, la clave que hace posible que la felicidad esté al alcance, porque depende de la propia mente y de la manera de percibir. Un cambio en la mentalidad conlleva un cambio en la percepción, y de ahí viene un cambio en el sentir y en el hacer, en la respuesta que se da a lo percibido (responsabilidad = habilidad de respuesta).

Por eso no se trata de mantener o de abandonar relaciones. No se trata del comportamiento. A veces se dejan relaciones que tienen el gran potencial de mostrar grandes cantidades de culpa para perdonarse y ser feliz porque aun no se quiere dar ese paso, y otras veces se mantienen relaciones en las que el aprendizaje ya ha terminado y hay una sensación de que el tiempo de esa experiencia pasó. Permanecer ahí por comodidad o miedo al cambio, por rutina o por seguridad es igual de erróneo que cambiar una relación por otra sin haber aprendido la lección de perdón que trae como regalo.

No se trata de culparse por estar equivocado sino de ver el error donde se cree que está, con el significado que tiene para la mente, identificarlo claramente y luego corregirlo o perdonarlo, es decir, darse cuenta de lo absurdo de esa manera de pensar y abrirse a una nueva idea sobre uno mismo, sobre el otro y sobre el mundo.

Un ejemplo de esto es una relación en la que uno de los dos no quiere hablar de un problema que percibe por vergüenza o miedo. Por ejemplo, los celos y la inseguridad. Uno se siente inseguro y de poco valor y por lo tanto tiene miedo a perder al otro. Pero no puede expresar que se siente poca cosa por vergüenza e intenta en cambio controlar o exigir al otro que se quede con él, que le valore y que restituya la pobre imagen que tiene de sí mismo. Sin embargo, aunque no lo admita ni para sí mismo, lo siente y lo piensa y no puede evitar verlo en la relación, ya que el contenido de la mente se proyecta en el mundo. Percibirá que su pareja no le dedica el suficiente tiempo, que no le valora lo suficiente, que ya no le quiere, etc., porque ¡cómo va a quererle si vale tan poco! Es más, si le quiere, ¡con qué poco se conforma y qué pobre criterio debe tener para amarle! Con lo que surge el desprecio hacia el otro. Esa persona puede actuar para compensar, evitar, negar o solucionar el conflicto ahí fuera sin deshacer su idea sobre sí mismo, pero no lo conseguirá. Incluso aunque la relación termine, sus pensamientos e ideas sobre sí mismo no abandonarán su mente y podrá vivirlos sólo o acompañado de otra persona.

Liberarse de esa culpa inconsciente es lo que permite que la relación sea feliz, que se pueda disfrutar del otro e incluso, si llega el momento, que se reconozca que su tiempo pasó y pueda dejarse con gratitud y aprecio por lo aprendido y los regalos recibidos.

Hay relaciones que duran un instante, otras que duran un tiempo y otras que son para toda la vida. El potencial de aprendizaje de cada relación es lo que marca su duración en la forma. Sin embargo es útil recalcar aquí que toda relación es eterna porque la unión entre las mentes es algo indisoluble. Todo aprendizaje es compartido por las mentes y experimentado en ellas, y no se sabe el alcance que un cambio de mentalidad puede tener ni el impacto en otras mentes que puedan recibir dicho aprendizaje. Esto no significa que en la forma los cuerpos deban permanecer juntos. Sin embargo las mentes ya están unidas, incluso antes de llegar a conocerse.

Es este un pensamiento alentador, ya que trae la idea de sanación conjunta, la idea de pertenencia, y la idea de un propósito común para todos en cada encuentro. Reconocer esto será lo que nos ayude a entender la relación y a no sufrir innecesariamente por falta de sentido o por la frustración de nuestros deseos egóticos, como ser especiales e importantes para alguien a quien ni siquiera estamos percibiendo como realmente es.

Las relaciones son para hacer feliz y son el mayor recurso de aprendizaje de que disponemos en este mundo para alcanzar dicha felicidad. Percibirlas como tal es algo sanador de por sí ya que el otro pasa a ser un compañero de camino en lugar de un medio para obtener un beneficio.

María Vázquez Herranz.
Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.
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