La caída

Descripción breve:
Agosto 2015

La caída

Has estado huyendo desde hace mucho tiempo. Hay algo que crees que te acecha. Sientes su presencia en los momentos de quietud, en el silencio. Por la noche antes de dormirte o justo en el momento previo a abrir los ojos. Aún es posible que no seas consciente de lo que es y, sin embargo, sientes la ansiedad que produce. Está ahí de fondo, como un tono bajo y constante que a veces sube de volumen y se hace forma. Mientras estás ocupado en el hacer no parece estar presente. Incluso hay quienes quieren creer que la actividad frenética puede hacer desaparecer definitivamente esa sensación. Pero todo el mundo lo ha sentido alguna vez.


Es el vacío de no saber lo que eres. Y no se trata de la profesión, del estado civil, de la historia personal o de los rasgos de la personalidad. Hablo de sentir la presencia y la certeza de lo que uno es, que acaba con todas las dudas y el miedo, que no se cuestiona sino que simplemente se expresa. Algo así como ir a un examen sabiendo perfectamente el temario y dejando que éste simplemente salga a través de uno mismo, sin miedo ni dudas. En cambio, enfrentamos la vida como si del tema “¿Quién soy?” sólo hubiésemos leído algunas palabras inconexas por encima unos minutos antes de entrar al aula el día de la evaluación final. Asustados, incoherentes, inconsistentes. Con una falta de alerta o de consciencia de lo que sucede en la mente con respecto a lo que somos.

 

La incertidumbre y las dudas están basadas en el miedo y en la sensación de escasez. En la creencia de una voluntad externa que escapa de nuestra influencia y que se impone a la propia atacándonos o castigándonos. No se asocia esto con el concepto de uno mismo, pero está profundamente relacionado. Es el efecto de haber negado nuestra verdadera naturaleza y haberla sustituido por ilusiones, creyendo entonces haberla atacado y que esto merece castigo. De ahí que se tenga miedo a lo que pueda surgir del inconsciente o que se crea en un mundo que quiere castigar, al haber proyectado en el mundo el ataque que se ha llevado acabo contra uno mismo primero.

 

Tenemos creencias que alimentan esos miedos, como la de ser un cuerpo que vive en un mundo contra el que tiene que sobrevivir y que ese cuerpo es una barrera que separa lo que hay en el interior del mismo del mundo exterior, que el pensamiento se origina dentro de dicho cuerpo y que éste lo mantiene oculto del exterior. También se cree que los pensamientos sólo tendrán efecto si se actúan a través del cuerpo. En cambio, todo pensamiento cobra forma en algún nivel y afecta directamente al que lo piensa y por lo tanto al mundo que este percibe y manifiesta, siendo su causa y estando por lo tanto relacionado directamente con él.

 

“Creemos que lo que pensamos de nosotros mismos es la verdad acerca de lo que somos, y vivimos de acuerdo a estas ideas. Y estas ideas determinan todas nuestras reacciones.”

 

Así, creemos que lo que pensamos de nosotros mismos es la verdad acerca de lo que somos, y vivimos de acuerdo a estas ideas. Y estas ideas determinan todas nuestras reacciones. No nos cuestionamos si dichas “verdades” lo son en realidad o no, ni observamos la relación directa que hay entre ese auto-concepto y nuestras emociones. No nos responsabilizamos de lo que pensamos de nosotros mismos ni de lo que, por lo tanto, atraemos a nuestra vida a través de los demás para representarlo. Decimos que es porque en nuestra infancia nos traumatizaron, porque nuestros padres eran de aquel modo, nuestra pareja es de este otro, etc. Son los demás los que nos determinan y nos “atacan” o condicionan. No asumimos que lo que aceptamos en nuestra mente es responsabilidad nuestra y que cualquier ataque refleja la negación de nuestro ser. Que podemos aceptar la verdad sobre lo que somos o aceptar creencias falsas y que por lo tanto nos desvían de la felicidad, y que ambas opciones no dependen de nadie “ahí fuera”.

 

Si uno al menos se responsabiliza de que lo vivido en las relaciones representa esa creencia sobre sí mismo, habrá dado un gran paso, ya que es en base a esa idea subyacente que uno dirige su vida y así determina cuál será la siguiente meta. El temor de que esa idea sea una realidad y la defensa correspondiente que surge permanecen ocultos en el inconsciente, aflorando a la conciencia sólo como un rumor, una angustia en momentos de crisis, un tono de fondo que se convierte en una melodía inaudible para un oído que no quiere saber.

 

“Si uno al menos se responsabiliza de que lo vivido en las relaciones representa esa creencia sobre sí mismo, habrá dado un gran paso.”

 

“No valgo”, “no merezco”, “soy culpable” o “hay algo malo en mí”. Ideas como estas dominan la mente sin entrenar y que no permanece alerta frente a ellas. Puede que no se las reconozca de primeras, pero con un análisis obvio de para qué uno hace lo que hace, éstas aparecen como el motor del comportamiento, ya sea para reafirmarlas, para negarlas o para compensarlas. No se actúa libremente por una motivación genuina, sino como efecto secundario de no querer ser algo o de querer ser otra cosa. “Aquello que valoras lo consideras parte de ti tal como te percibes a ti mismo. Todo aquello que persigues para realzar tu valor ante tus propios ojos te limita todavía más, oculta de tu conciencia tu valía y añade un cerrojo más a la puerta que conduce a la verdadera conciencia de tu Ser” (UCDM).

 

“Aquello que valoras lo consideras parte de ti tal como te percibes a ti mismo. Todo aquello que persigues para realzar tu valor ante tus propios ojos te limita todavía más, oculta de tu conciencia tu valía y añade un cerrojo más a la puerta que conduce a la verdadera conciencia de tu Ser.”

 

Cuando el darse de cuenta de ese pensamiento empieza ya no hay marcha atrás. La conciencia se amplía y uno empieza a percibirlo en todos los ámbitos de la vida. ¡Cuánta energía se dedica a la tarea infinita e infructuosa de evitar ser eso que uno cree ser en el fondo! Esa tarea nunca tendrá fin. No puede tenerlo, ya que dicha idea sobre uno mismo no es real y por lo tanto no puede ser compensada. Simplemente no existe. Mas esto no es lo que se cree en este momento. Se vive con esa creencia latente y sin ser cuestionada. De hecho, se mantiene porque creemos obtener beneficios ocultos de ella. Estos beneficios ocultos o migajas son tan valorados por la mente que cree ser carente, que hasta que no se haga consciente de ellos y vea su falta de valor real y el sufrimiento que conlleva el evitar la responsabilidad sobre la propia vida o la creencia en la escasez, no los dejará de lado y no se cuestionará el auto-concepto.

 

“Se vive con esa creencia latente y sin ser cuestionada. De hecho, se mantiene porque creemos obtener beneficios ocultos de ella.”

 

Tras la ampliación del darse cuenta sobre el auto-concepto y el honesto sopesar las ganancias ocultas obtenidas de mantenerlo, surge un momento en el que uno se topa de frente con este monstruo interno y llega a ese punto tan temido y evitado en el que esa creencia se hace patente. Sale de la oscuridad donde se ocultaba de la conciencia y muestra su terrible cara desfigurada que presume de ser tu propio retrato. Dice con voz terrible y amenazante: “¡Esto es lo que tú eres! Y ya no puedes esconderlo más. ¡Mira cómo es verdad! Y todos tus esfuerzos por ocultarlo o compensarlo nunca han servido para nada, pues aquí estoy, tan grande o más que antaño. Y todas aquellas voces que te acusaron de ser esto tan vergonzoso tenían razón”.

 

Es en ese momento cuando uno puede rendirse y dejar de luchar contra ese monstruo. Toda la vida se ha tratado de destruir ese mal interno, y aún sigue aquí, por lo tanto, todos esos esfuerzos se prueban inútiles. ¡Cuánta energía, tiempo y vida derrochados en esta lucha! ¿Y si uno se rindiera? Y dejar de huir. Afrontar esa sensación de vacío y miedo de frente. Nadie podría sostener esa visión sin ser destruido si esta fuera real, pues demostraría que lo que uno es merece dicha destrucción. Por lo tanto es necesario cuestionarse la realidad de dicha idea, de dicho auto-concepto. Y esto sólo es posible cuando se percibe tal como se cree que es. “El conflicto debe ser resuelto. Si se quiere escapar de él, no debe evadirse, ignorarse, negarse, encubrirse, verse en otra parte, llamarse por otro nombre u ocultarse mediante cualquier clase de engaños. Tiene que verse exactamente como es, allí donde se cree que está, y tiene que verse también la realidad que se le ha otorgado y el propósito que le ha asignado la mente. Pues sólo entonces se desmantelan sus defensas y la verdad puede arrojar su luz sobre él según desaparece” (UCDM).

 

“Tiene que verse exactamente como es, allí donde se cree que está, y tiene que verse también la realidad que se le ha otorgado y el propósito que le ha asignado la mente.”

 

Entonces puede aparecer un período en el que todo lo que antes tenía valor y sentido deja de tenerlo, pues su origen y propósito eran la compensación de dicho auto-concepto y por lo tanto, su reafirmación. Es este “un período de renuncia” en el que se caen relaciones, metas, ideales, sueños, trabajos… Se descubre la falta de valor del mundo de las ilusiones. Se ve que ya no tienen sentido pues ya no interesa seguir reafirmando o evitando nada. Aparece claro ante los ojos el personaje fruto de la carencia interna y se ve tal como es, con sus colmillos ensangrentados de desgarrar todo aquello que parecía prometerte la felicidad para no haberla hallado tras descorrer los velos del engaño y de las falsas promesas.

 

Es este un momento para dejar aquello que ya no es útil y esperar a que se lleve a cabo la transformación en uno mismo. No es algo que uno pueda forzar o provocar. Simplemente se trata de renunciar a lo que ya no tiene valor y mantenerse alerta para no volver a caer en la trampa de las formas. Suele ser un momento de depresión y de conflicto interno grande, una crisis existencial, la noche oscura del alma. Es inevitable atravesarlo si llama a tu puerta. Y si se comprende el proceso puede ser muy liberador, pues dejar ir lo vacío y muerto es siempre soltar un peso. No hay nada en este mundo que pueda compensar ese vacío, y seguir buscando en él es inútil. Algunos necesitan buscar aquí un poco más porque aún no quieren realmente encontrar. Sólo la verdad sobre ti mismo lo hará y ésta no está en ninguna cosa externa. No está en una relación, ni en un objeto o un status. “Cada cosa que valoras aquí no es sino una cadena que te ata al mundo; y ése es su único propósito”. Mas “El único propósito digno de tu mente que este mundo tiene es que lo pases de largo, sin detenerte a percibir ninguna esperanza allí donde no hay ninguna. No te dejes engañar más. El mundo que ves no te ofrece nada que tú desees”. “Cree esto y te habrás ahorrado muchos años de miseria, incontables desengaños y esperanzas que se convierten en amargas cenizas de desesperación” (UCDM).

 

“El único propósito digno de tu mente que este mundo tiene es que lo pases de largo, sin detenerte a percibir ninguna esperanza allí donde no hay ninguna. No te dejes engañar más. El mundo que ves no te ofrece nada que tú desees”.

 

Esa renuncia abre en la mente otra posibilidad. Una que antes no se percibía porque estaba obstruida con todo ese mar de formas. Es la posibilidad de poder ver sólo los reflejos de la verdad, lo que acaba con el conflicto y permite observar que no se está separado del mundo, y que entonces éste puede empezar a mostrarte el camino de salida de la desesperación. “Mediante esa renun­cia, aprende que donde esperaba aflicción, encuentra en su lugar una feliz despreocupación; donde pensaba que se le pedía algo, se encuentra agraciado con un regalo” (UCDM). Sólo la verdad te hace libre, y esta sólo se puede encontrar cuando es tu único objetivo, por haber comprendido que los demás no tienen sentido. Mientras se valoren algunas formas aún, será imposible ver el contenido de todas ellas y por lo tanto aprender a discriminar lo verdadero de lo falso.

 

En la mayoría de los casos hay que haberse desilusionado muchas veces para estar dispuesto a darse cuenta de esto, y de que lo opuesto a la ilusión no es la desilusión, sino la verdad. Sólo ésta puede satisfacerte plenamente, y se reconoce por el estado emocional que conlleva. La paz es la única emoción que el ego no sabe imitar.

 

“Lo opuesto a la ilusión no es la desilusión, sino la verdad”.

 

No desesperes en ese momento de caída, de vacío. Comprende que estás contemplando las bases de quimeras que has valorado largo tiempo al no haber visto claramente lo que conllevaban y que, al ser consciente de que no puedes separar las ilusiones de la desesperación del ego, más te vale cambiar de mentalidad con respecto a lo que crees ser, pues es ese el único modo de desvanecer el sufrimiento de tu experiencia. Está a tu alcance, pues no se te encomendaría ninguna tarea que no pudieras realizar, y si estás en este punto es porque es justo ahí donde debes encontrarte y donde puedes aprender el siguiente paso en tu liberación.

 

Puedes mantener la esperanza pues esto es lo único que tiene sentido hacer aquí y cuando una mente toma esa determinación, todo se pone a su favor para deshacer en ella todo el miedo posible. Así, mientras van cayendo los velos de tus ojos en los que se dibujaban figuras sombrías y la luz del entendimiento va apareciendo en tu mente, puedes ser de utilidad a otros que aún tienen miedo de mirar al sol directamente y reforzar así la presencia de dicha luz en tu propia mente. No sabes cómo es, pero la reconocerás como lo que eres cuando llegue. Y el miedo y la duda se disiparán.

 

Este fragmento del texto del Curso resume la actitud con la que afrontar este momento de vacío y de discernimiento:

 

“No deseas más ilusiones. Y te preparas […] vaciando tus manos de todos los vanos tesoros de este mundo. Esperas la ayuda de Dios, según dices:

 

Es imposible ver dos mundos.

Permítaseme aceptar la fortaleza que Dios me ofrece y no ver valor alguno en este mundo, para así poder hallar mi libertad y mi salvación.”

 

María Vázquez Herranz.

Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.

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