El miedo como obstáculo en las relaciones

Descripción breve:
Julio 2014

El miedo como obstáculo en las relaciones

En el mundo podemos relacionarnos de dos maneras:

a. Cosificando el objeto con el que nos relacionamos (“ello”). Así su presencia, ausencia o interacción con el “yo” no deja ninguna huella, no nos abrimos a ese “tú” y no dejamos que nos transforme, que nos deje huella.

b. No separándonos del objeto sino pudiendo decir que somos o existimos en la relación. Asumiendo que nuestra manera de contactar con el objeto es parte de nosotros y la relación nos cambia. El mero hecho de interactuar nos aporta una nueva forma de percibirnos.

Por ejemplo, si antes era una persona con miedo a mi agresividad y de pronto me encuentro con otro con quien la interacción hace que aflore dicha energía de agresividad, puedo ver la situación de dos maneras:

a. El otro simplemente es un objeto ante el cual repito mi identidad estando ajeno a cómo eso puede afectarle a él o a mí.

b. Me abro a la interacción con el otro y aprendo cosas de este “yo” que puede de pronto encontrar una nueva manera de gestionar dicha agresividad.

Esto nos plantea la cuestión de la responsabilidad. No es el otro quien me enfada sino que algo en mí reacciona ante él con ese enfado y yo puedo aprender de mí y de esa respuesta que surge en mí. Así puedo aprender a responder de una manera más adecuada al aquí y ahora, al presente, a la relación actual tal y como es en este momento, en este entorno y con las condiciones internas y externas de ambos.

Esto que parece tan simple y que si se analiza desde un punto práctico tiene todo el sentido, pasa a ser complejo a la hora de la relación porque toda esa estructura mental, emocional y física que se identifica como “yo” tiende a querer permanecer tal y como está por miedo al cambio que pueda suceder.

Así surgen todos los mecanismos de defensa que utilizamos para no relacionarnos. Las evitaciones del contacto tienen todo tipo de estilos y los humanos nos hemos vuelto expertos en ello. Y sin embargo ya esa misma evitación establece un patrón de contacto, aunque sea en la misma huída del mismo. No todos huimos igual. Podemos negar lo que está sucediendo (negación), vernos a nosotros mismos en el otro evitando así descubrir lo que hay ahí fuera y separándonos de esa parte de nosotros (proyección), hacernos a nosotros mismos lo que surgiría como respuesta hacia el otro (retroflexión), responder en base a ideas que hemos aprendido y convertido en respuesta automática sin plantearnos la realidad presente (introyección), dar una respuesta adecuada pero hacerlo hacia algo que no es el objeto en cuestión (deflexión), etc.

La cuestión es que en todos los modelos de evitación del contacto está presente un miedo de base. Ese miedo es la causa de la insatisfacción porque no se llega a dar una respuesta auténtica que contemple los hechos actuales tanto internos como externos y tampoco se permite descubrir nuevas formas de relación, de presencia, de interacción más adecuadas al aquí y ahora. Así que es una respuesta más parcial.

Pensemos por un momento en ese miedo y en cuantas formas tiene. Y parémonos a ver la causa de ese miedo. Tomemos un ejemplo cotidiano: “Tengo miedo a que el otro no me quiera”. ¿Esto qué quiere decir en realidad? Que el otro no esté de acuerdo conmigo en una forma estática de ser.

Pero pensemos en esto desde el punto de vista de la relación y nos daremos cuenta de que ese pensamiento no tiene mucho sentido. Si entre dos que se encuentran se busca la mejor respuesta posible al momento presente, al medio presente y a las capacidades de interacción desarrolladas o potenciales de cada individuo, ¿qué significa “no querer” en este contexto? ¿Simplemente que puede haber dos respuestas distintas y que una se adapte a la otra? ¿Y cómo esto puede significar una falta de valor o de aprecio de las partes si ambas son factores que determinan esa respuesta que no existiría de esa manera si fuesen diferentes?

El agrado o el desagrado tienen que ver con afinidades, costumbres, aprendizajes previos, juicios. Pero en el presente se convierten simplemente en tendencias que componen un modo de contacto. Y si nos abrimos a superar esos juicios podemos encontrar satisfacción en cada contacto en cada presente con el mero hecho de dar la mejor respuesta posible y dejarnos afectar, dejarnos impregnar, dejarnos enseñar quienes somos realmente en la interacción y dejar que nuestra respuesta surja de dentro naturalmente.

Dejar a un lado los pensamientos recurrentes, los juicios de valor, los hábitos, las inercias, los automatismos… todo eso lleva a un contacto auténtico. Y en ese contacto es donde se da el milagro de encontrarnos y realmente compartir y comunicarnos. Donde sentirnos parte de algo más grande que ese “yo” y permitirnos ser llevados más allá de los propios límites a una experiencia de mayor satisfacción y felicidad en la vida en la que descubrir que es la apertura a ese contacto y a esa autenticidad la que lleva a sentirse pleno, a vivir sin miedo, a sorprenderse con cada instante, a estar sereno dentro de un mundo de cambios porque se confía en la propia capacidad de respuesta y en la propia actitud ante la experiencia. Ya no se depende de lo externo porque se acepta, porque ya no es necesario defenderse del contacto sino dar con el más adecuado, porque ya no hay miedo.

La otra opción es la soledad, el miedo a que piensen que no valgo, el miedo a no ser querido, el miedo al vacío, el miedo a la muerte… Y todos esos miedos son expresiones de una falta de contacto, de vida, de una carencia de algo ahí fuera que supla mi inexperiencia en las relaciones, en estar presente, en responder adecuadamente a lo que se presente. Manifiesta la propia falta de presencia, la inmadurez y la búsqueda de la seguridad que antaño dieron o debieron dar los progenitores, la falta de autoconocimiento, la inseguridad, el sentimiento de impotencia frente a un mundo que se vive como hostil. A una falta de sí mismo.

Cada vez que se tiene miedo se está perdiendo una oportunidad de abrirse a conocer nuevas partes de uno que pueden producir crecimiento y un sentimiento más pleno y satisfecho, de mayor seguridad y confianza en uno mismo y en la vida. Un precio muy alto.

María Vázquez Herranz.
Asociación para el Desarrollo de la Paz Interior.
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