Abundancia o escasez

Descripción breve:
Abundancia o escasez

En varios artículos anteriores hemos comentado el tema del apego y de lo que ocurre en las relaciones interpersonales que nos generan frustración e insatisfacción, relaciones de miedo, exigencia y culpabilidad. Pero esta forma de vincularse y de relacionarse tiene una causa previa o, podríamos decir, de otro nivel. La experiencia interna que sucede antes de la aparición de una persona nos da muchas pistas de lo que la relación traerá o manifestará, pues todo lo que ocurre es el reflejo externo de un estado interno, o dicho de otro modo, la manifestación de un deseo colmado de nuestro inconsciente, ya sea este acorde a nuestras ideas conscientes o no. Esto quiere decir que se manifestará aquello con lo que resonemos a un nivel emocional, con la frecuencia de nuestra mente y de lo que en ese momento creemos ser profundamente.

Uno puede pensar en que quiere mucho dinero, y esperar que sea esto lo que se manifieste, sin embargo, lo que atraerá será la frecuencia vibracional del pensamiento más potente y con más valor para la persona, ya sea en forma de dinero o de otra cosa. Y esa frecuencia se reconoce por ser sentida. Así que no basta con pensar en algo, sino que hay que sentirlo, y ahí no podemos engañarnos. Se siente o no.

En este ejemplo del dinero, pongamos que alguien lo asocia con el miedo a perder, por una bancarrota o una crisis. Asociada al dinero estará la idea de pérdida, y lo que se manifestará será una experiencia afín, tenga la forma concreta de perder dinero u otra cosa, como la salud, una relación, el trabajo, etc. La forma será la que más se acerque a la vibración emocional específica que la persona asocia a pensar y vivir la experiencia del dinero.

Explicado esto, con las relaciones pasa exactamente lo mismo. Podemos contarnos que queremos un príncipe azul, pero si nuestra experiencia es de culpabilidad, lo más probable es que aparezca una pareja que personifique ese sentimiento de culpa o que traiga un castigo acorde en forma y fondo a lo que creemos merecer.

Por lo tanto, es interesante, por varias razones, observar los orígenes de esas emociones de culpa, miedo o carencia que traen a nuestras experiencias las relaciones disfuncionales. La primera es que así no nos sorprenderá lo que aparezca porque, al estar en contacto con nuestro interior, seremos capaces de ver la correspondencia del fondo de esa experiencia y aprender de esos efectos en el exterior. La segunda es que podremos observar esas causas sin demandar al otro que nos las resuelva, al darnos cuenta de que estaban ahí antes de su llegada, lo que descarga la relación de culpabilidad y disfuncionalidad y permite una base de responsabilidad adecuada para el aprendizaje. Y la tercera es que nos permitirá saber dónde estamos en nuestro trabajo interno y establecer un objetivo en la relación, convirtiéndose esta en un recurso de aprendizaje de inestimable valor y viéndose por lo tanto como un regalo y no como una carga de la que deshacernos cuando no cumpla nuestras expectativas.

¿De dónde surge la motivación de establecer una relación? Muchas veces somos inconscientes de los deseos que albergamos y la aparición de alguien nos pilla por sorpresa. Sin embargo, si piensas ahora mismo en establecer un vínculo o, si ya tienes una relación de pareja, piensas en cómo te sientes en lo profundo con esa persona y cómo te sentías contigo mismo antes de que apareciese, podrás ver a qué nos referimos. Hay varias experiencias internas, pero casi siempre podemos englobarlas en la sensación de que nos falta algo.

Esa sensación de carencia se basa en el concepto del yo y en lo aprendido en el pasado acerca del mismo, de los que necesitamos, de lo que somos capaces, de lo que merecemos, etc. Todo ello en base a la interacción con un entorno al que nos hemos adaptado para sobrevivir, pero del que claramente teníamos una visión parcial, confusa y doliente. Esta visión y esta identidad aprendida en el pasado fueron los ladrillos con los que construimos nuestras propias necesidades y con los que adquirimos métodos para satisfacerlas. Pero nunca funcionaron, pues si no, estarían satisfechas y nos sentiríamos plenos. De algún modo esa satisfacción sigue escapándose entre los dedos y esperando a la vuelta de la siguiente esquina, o detrás de la zanahoria que llevamos persiguiendo tan largo tiempo.

Nos hemos cuestionado parcialmente los métodos para obtenerlas, y de ahí surgen muchas terapias, el coaching, la psicología convencional, el desarrollo personal y una gran variedad de métodos. Sin embargo, pocos son los caminos que se cuestionan la realidad de dichas necesidades y los parámetros bajo los cuales se establecen. Pocas veces uno se pregunta si el motivo para estar triste es real. Solemos preguntarnos qué hacer con la tristeza, que está basada en un acontecimiento que percibimos como real, de un modo concreto y que reafirmamos como cierto.

Pero, ¿es esto así realmente? ¿O esas necesidades las hemos fijado nosotros en base a experiencias pasadas que no hemos comprendido y que, por lo tanto, revivimos una y otra vez para darle un sentido más amplio que sería sin duda una nueva perspectiva que redefiniría las cosas?

Tenemos la capacidad de ver en cada momento el amor que existe o que podemos aportar a cada situación. Y al darlo, reconocemos que lo tenemos. El dolor que llevamos es el amor que no damos. No es el dolor que nos causan otros, sino la carencia interna que percibimos en nosotros mismos. Por un instante podríamos ir más allá de lo que consideramos, según nuestro criterio particular, correcto, justo, moral, adecuado, equitativo, lógico, etc. Podríamos llegar a reconocer que hay una forma de ver eso mismo que está ocurriendo en la que damos lo que vemos que falta en cada situación. Alguien no nos abraza cuando buscamos afecto, y se lo exigimos, en lugar de sentir afecto por esa persona y darle lo que necesita, que tal vez sea espacio. Alguien nos insulta en un momento en el que estamos vulnerables y nos sentimos humillables, y sentimos ira y ganas de venganza, culpando al otro de habernos creído sus locuras, en lugar de sentir internamente nuestra propia valía, subsanar nuestro sentimiento de vulnerabilidad, y compartir con el otro agradeciéndole la oportunidad de reafirmar y restaurar nuestro valor en nuestra propia mente, viendo en su petición de amor la lección que quiere sacarnos de nuestro error y llevarnos a responder con grandeza.

“Cada decisión que tomas procede de lo que crees ser, y representa el valor que te atribuyes a ti mismo. Si crees que lo que no tiene valor puede satisfacerte, no podrás sentirte satisfecho, pues te habrás limitado a ti mismo”. Si piensas que creerte y sentirte rechazable te aporta lo suficiente como para mantener que puede ser cierto, no te extrañes de sentirte mal ni de encontrar a personas que manifiesten ese deseo de darle realidad.

No te empeñes en cambiar el mundo ahí fuera. Vuelve la mirada hacia dentro y observa qué pensamientos tenebrosos estás sosteniendo como reales acerca de ti mismo o del mundo. Date cuenta del valor que esa forma de ver tiene para ti. Siente cómo el miedo aparece cuando te planteas pensarte de otra manera, salir de tu área de confort, donde culpar a otros de tus males aún tiene sentido. ¿Y si, en vez de ser rechazable y culpar a otros de no darte amor, reconoces que eres tú quien no les ama y les exige dar lo que aún no saben que tienen? ¿Y si admites que ya te rechazas a ti mismo previamente y les estás pidiendo que hagan algo que no es acorde a tu propia idea de ti mismo? ¿Y si reconoces cómo les culpas y les castigas con un desprecio y un ataque acordes al daño que te haces a ti mismo al no reconocerte un ser capaz de ser amado, al pensarte alguien cruel y déspota cuyas demandas han de ser satisfechas por los demás sin importar su estado, capacidad o mentalidad?

La proyección es un mecanismo que, desde esta perspectiva, se vuelve la espada que cercena nuestra capacidad de amar. El odio que vemos en los demás es el que cultivamos cada día en nuestro interior. Alimentamos una visión tóxica de nosotros mismos, incapaces, no merecedores, sin valor, rechazables, abandonables, etc. Y luego utilizamos a los demás para darle realidad a esta locura, sin importarnos para nada el modo en que podemos afectarles o las consecuencias que tiene para nosotros alimentar estas creencias reafirmando esa visión de uno mismo y del mundo, sin importarnos el valor de lo que estamos queriendo entregarles. La crueldad que alimentamos cada día a través de nuestros pensamientos de culpa, miedo, ira, resentimiento o falta de valor, cobra cada vez más realidad en nuestra mente y ocupa el filtro con el que miramos.

Este es el origen de nuestras demandas, de nuestras dependencias, de nuestro dolor. Pedimos a los demás que nos liberen del monstruo que alimentamos y criamos cada día, al que protegemos y aun valoramos porque nos permite sentirnos víctimas y no responsabilizarnos de nuestra propia experiencia. Y no nos damos cuenta de que el monstruo sólo nos devora a nosotros mismos y de que nadie más que nosotros puede deshacerse de él. Cada pensamiento tenebroso acerca de ti mismo tiene su contrapartida. Cada locura o pensamiento cruel sobre ti mismo oculta una visión de plenitud e inocencia. Y tu trabajo es aprender a reconocer cómo piensas lo que piensas y a ver que sólo el amor es real, que puedes cuestionar los pensamientos de miedo y de ataque y darte cuenta de que sólo se sustentan en un miedo a tu propio poder, a tu propio valor, a las propias capacidades que puedes desarrollar y extender, a lo mucho que puedes compartir con los demás, al valor que realmente tienes.

Es de ser alguien prepotente, orgulloso y necio, el juzgar lo que no se comprende. La ignorancia es muy atrevida. Y lo que ésta no sabe es que sufre las consecuencias de serlo. ¿Sabes acaso de dónde viene tu motivación o cómo es que te gustan más unas cosas que otras? ¿Sabes cómo ocurre que te encuentres siempre con las personas adecuadas en el momento preciso? ¿Puedes acaso tú saber lo que más le conviene a nadie, incluido tú mismo? Si supieses estas cosas ¿vivirías como vives? Qué fácil es olvidar lo poco que entendemos del mundo que nos rodea. Y qué rápido emitimos juicios basados en una experiencia del pasado que ya no está y con la que determinamos el presente, excluyendo toda posibilidad de que aparezca algo diferente, algo que cambie las cosas. No puedes esperar cambios si sigues haciendo siempre lo mismo.

“Tienes una gran responsabilidad para contigo mismo, y es una responsabilidad que tienes que aprender a recordar en todo momento. Mantenerse continuamente consciente de la propia grandeza en un mundo en que reina la pequeñez es una tarea que los que se menosprecian a sí mismos no pueden llevar a cabo”. Así que observa si mantienes en tu mente todo lo que sí puedes dar y compartir, todo lo que mereces realmente y cómo en ti hay algo que siempre responde al otro con lo que crees ser. ¿Estás atento a lo que reafirmas para ti mismo en esa interacción?

Hay otra opción a la sensación de carencia interna. Hay una verdad en ti que es emocionante y que pulsa por ser compartida, que te sacude los cimientos y te muestra otra idea de ti mismo. Algo que te confronta, te asusta y, que al mismo tiempo, anhelas con todo tu ser. Hay algo en ti que te descubriría tu llenura, algo que te mostraría que siempre puedes responder reafirmando el amor que hay en ti y del que no eres consciente aun. Ese amor que puedes ir conociendo a medida que te permites darlo. No te confundas. No es una máscara de buenismo de lo que hablamos. Es esa abundancia interna que pone en entredicho todas tus demandas y todas tus carencias a través de las que te relacionas y entiendes el mundo. Esa calidad interna que te haría sentirte avergonzado de la pobreza de tus propios pensamientos. Esa esencia que niegas a cada instante para justificar tu pequeñez, tu dolor y tu necesidad de resolver algún problema aun un rato más. Es algo sencillo, de una simplicidad magnífica, y al mismo tiempo puede ser aterrador. No eres lo que crees ser. Afortunadamente.

Así que, para hablar de las relaciones que establecemos y las lecciones que estas nos traen, es importante darnos cuenta desde dónde estamos pensándonos y qué realidad interna nos hace vibrar más emocionalmente. Esa es la cuestión en cada encuentro, en cada instante. Y eso que resuene en ti como cierto será lo que verás.

Date un momento para indagar en tu interior. No hay ninguna prisa. Qué otra cosa puede ser más importante que establecer una buena base, un punto de partida firme y claro, sobre el que construir tus relaciones, tu experiencias, tu día. Observa las excusas y las mil cosas que obligaciones que te propones para no hacer este sencillo gesto de volver tu mirada a lugar del que surgen tus acciones.

También puedes darte ese espacio ante cualquier cosa que te haga reaccionar. Espera un instante y piensa qué parte de ti estás alimentando. ¿Tu pequeñez o tu capacidad de dar? ¿Tu grandeza de ser parte de la solución al problema que percibes y que te pide a gritos una respuesta? ¿Cómo vas a responder?

Hay una opción interna, más allá de las faltas que percibes, que sabe lo que es adecuado dar. Siempre es lo que ves que falta en cada situación. Si no te sientes valorado, valórate tú y haz lo mismo con el otro. Si no te sientes escuchado porque el otro no responde a tus necesidades, escúchalas y resuelve cuales son, y da cabida a las suyas también. Permite ese espacio en el que no es “yo contra el mundo” sino una colaboración mutua donde tienes el regalo de ser el que empieza a dar, por lo tanto, el que más tiene. Confía en que sabrás encontrar la respuesta en la que ambos sois respondidos.

Esto inicia un proceso de purificación y de concreción en cómo dar y compartir eso que sentimos internamente, y cada relación se convierte en una oportunidad de descubrir nuestra abundancia. Esto es lo que realmente sana las pautas dependientes. Lo que realmente hace un cambio en la persona y promueve nuevas respuestas y comportamientos, nuevas emociones más felices y satisfactorias. Es esa alquimia interna en la que, donde había carencia y demanda, aparece algo que aportar.

La dependencia y las demandas extenuantes en las relaciones ya no tienen sentido y, si aparecen, se convierten en un recordatorio de que hemos vuelto a olvidarnos de nuestra función, de nuestra responsabilidad para con nosotros mismos, volviendo a ser necesario que demos, que busquemos internamente la referencia de la abundancia en nosotros.

De este modo, las relaciones a nuestro alrededor se van colocando solas en cuanto a afinidades por el deseo de compartir esa referencia interna, y se determina la frecuencia o la forma en que se dan los vínculos. Cada encuentro se convierte en una oportunidad de dar una respuesta que traerá felicidad al dador y que puede ser recibida como un estímulo para que el otro reconozca su propia abundancia. Nos convertimos en filtros que vamos purificando cada percepción de carencia. Nuestras respuestas son nuestra medicina. Y si permitimos que nuestro concepto de nosotros se haga a un lado por un rato, podremos observar lo que ocurre y cómo sanamos gracias al otro. Como reconocemos así nuestra abundancia.

María Vázquez.

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